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Sinsabores de la corrección

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morales elmer 480 283Durante más de ocho años escribí en el periódico 26 una sección llamada Variedades que, para mi satisfacción, contó desde su primera salida con el beneplácito de los lectores, quienes me lo confirmaban periódicamente a través de cartas, correos electrónicos y llamadas telefónicas.

Cierto día se me ocurrió publicar unas breves referencias acerca de varios lugares célebres del mundo. Así, fueron apareciendo cada semana, entre otros, las Pirámides de Egipto, la Torre de Pisa, El Big Ben de Londres, el Eurotúnel bajo el Canal de la Mancha y... el Carillón del Kremlin.

Aquel viernes en que se publicó la nota sobre el carillón –así, con una sola r-, los teléfonos del semanario comenzaron a sonar desde bien temprano. ¿Motivos? Algunos lectores, al tanto del célebre reloj moscovita y de la ortografía de su nombre, me impugnaban haberlo escrito con dos r.

Busqué el periódico y, en efecto, allí estaba la nota que le daba la razón a mis inquisidores. Y carillón impreso con doble r no una vez, sino... ¡tres veces! He leído que ese reloj tiene un peso de 25 toneladas. Bueno, a mi me pareció que todo ese descomunal fardo me había caído encima.

Mi primero reacción fue buscar los originales. Comprobé que yo lo había escrito correctamente, así, carillón, con una sola r. Entonces me dije «ahh, no, esto es cosa de los correctores». Y con la misma entré como un bólido en la oficina de Pancho Valdés, el corrector a cargo de la página.

«Oye, Pancho –le espeté tan pronto lo tuve frente a mí- ¿De dónde rayos sacaste que carillón se escribe carrillón, así, con doble r? Acabo de confrontar los originales y resulta que allí está bien. El disparate no lo puede haber cometido otro que tú. Así que habla y reconócelo...»

Con su flema característica, y sin apenas mirarme, Pancho tomó el periódico y paseó su mirada sobre la sección. «Pues sí –dijo pasados unos segundos- el error fue mío. La palabra me pareció mal escrita y le agregué otra r. Ahora ya sé que se escribe con una. Yo solo quise corregirla...»

Y ahí fue cuando Elmer, un formatista que se encontraba presente, notorio por su agilidad mental y vis humorística, le soltó a Valdés en buen cubano aquella coletilla comiquísima, acerca de la cual pido excusa a los lectores si acaso hiere alguna sensibilidad. Le dijo Elmer:

«O sea, Valdés, que quisiste corregirla, pero lo que hiciste fue cagarla...»

Y, ante aquella sinonimia plebeya y venida al caso, el edificio donde radica el periódico casi se desploma de tanta carcajada.

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