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"DE CAMPESINO ANALFABETO A DIRIGENTE DE LA EDUCACION"

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Alfabetizadores45aEs posible que muchos de sus alumnos, compañeros de trabajo y amistades, desconozcan, que Roberto Feria Vega, quien ha transitado por importantes responsabilidades del sector educacional en la vecina provincia de Holguín, es uno de los numerosos jóvenes cubanos para los cuales NO hubiera existido un futuro feliz, sin el triunfo de la Revolución en l959.

 

Con solo siete u ocho años, conoció de cerca el rigor de las labores agrícolas, en un lugar conocido por San Juan de Chaparra, en el actual municipio de Jesús Menéndez, en la provincia de Las Tunas.

Descalzo, sin camisa, con el estómago a medio llenar y soportando el inclemente sol del mediodía o la tarde, desandaba los campos de la compañía norteamericana "The Cuban American Sugar Mills", para llevar algo que comer a sus hermanos mayores que se desempeñaban en el corte de la caña durante el período de zafra y él mismo dedicarse al pastoreo de animales en las guardarrayas o vías férreas, hacer algún mandado a los trabajadores o sencillamente jugar , tratando de atrapar algún caguayo, derribar un pajarillo o hacer bolas de fango en un charco cercano.

Así transcurría una niñez, para la cual el mundo conocido era el de levantarse antes de que saliera el Sol y marchar hacia las plantaciones, con la única esperanza de ganar algunos centavos para comer malamente.

La humilde familia de los Feria, integrada por NUEVE hermanos, no había tenido otra oportunidad que conocer el manejo de la mocha, el azadón o los bueyes, dejar su copioso sudor en las tierras usurpadas por la compañía yanki y firmar los comprobantes de pago o sus deudas, imprimiendo las huella de sus pulgares en aquellos papeles.

Cuánta tristeza y desesperanza los embargaba, cuando algunos de sus amiguitos de aquellos lares o de la ciudad, con mayores posibilidades económicas, le echaban en cara su falta de instrucción o miraban con cierta burla, cuando algunos de ellos salían de la pequeña oficina del pagador de la colonia, con los dedos manchados por una tinta negra que se resistía a desaparecer en poco tiempo.

Después vendría el choque con la realidad. Del escaso salario de la quincena, los patronos habían descontado los víveres, la ropa y calzado de trabajo y otras mercancías adquiridas en la tienda, que también era de su propiedad. Al final, unos escasos centavos, con los cuales NO se podían sufragar las más perentorias necesidades del hogar.

Tendrían que resignarse a transitar así toda su existencia, viviendo en un miserable bohío de guano y piso de tierra, durmiendo en hamacas o en una rústica cama sin colchón, temerosos ante el asomo de cualquier enfermedad, pues no existía un médico por toda la comarca. Para las dolencias, los cocimientos de quien sabe cuántas yerbas y otros remedios caseros, muchos de los cuales constituían verdaderos suplicios.

Así estaban acostumbrados a ver la vida, a la que habían llegado por alumbramiento natural de su madre en su propia casa, asistida por la comadrona del barrio, quien no siempre llegó a tiempo para recibir las nuevas criaturas. De la escuela, ni hablar.

La única existente, se encontraba a varios kilómetros de la casa, y estudiar en ella, era el privilegio de unos pocos. Algunos de sus hermanos tuvieron la suerte de asistir por un tiempo y aprender por lo menos las primeras letras, hasta que el campo los convocó con mayor fuerza para ganarse el sustento o de lo contrario perecer.

Sin embargo, Roberto, no quería ser un analfabeto más. Aprendió de sus hermanos mayores lo poquito que sabían y luego, tratando de aprender todo lo que veía escrito, conoció algunas palabras. Esa fue toda la instrucción que él mismo pudo proporcionarse.

En la zona, como en todo el territorio oriental, se vivían momentos de extrema tensión. La lucha iniciada por Fidel en la Sierra Maestra, se extendía por todos los lugares. San Juan de Chaparra no era la excepción.

Tropas rebeldes aparecieron por aquellos campos, con el afán de conquistar libertad y justicia social para la patria.

El triunfo de la Revolución fue para Roberto y su familia un nuevo amanecer cargado de esperanzas.

El luminoso primer día de 1959, lo encontró con 12 años, convertido en un obrero agrícola, analfabeto y sin más esperanzas, que la que el supuesto destino le había deparado.

En aquel apartado rincón del oriente cubano escuchó hablar de reforma agraria, de nuevas escuelas, de caminos, de hospitales y de alfabetización.

Aquí comienza para Roberto una nueva y fructífera vida, digna de ser contada.

........... Y LLEGO LA LUZ

¿Quién le iba a decir al pequeño Roberto, cuando chapaleteaba por los caminos enfangados de su apartada comunidad rural, del actual municipio tunero de Jesús Menéndez, que poco después del triunfo de la Revolución, no solo comenzaría la escuela con 12 años, sino que sería uno de los alfabetizadores populares de la zona?

Y más aún, nadie en aquel momento se hubiera aventurado a predecir, que ante él, se abría un largo camino, que lo conduciría a sitiales destacados dentro de la Revolución Educacional que se puso en marcha, con la formación de maestros voluntarios en Minas del Frío y Topes de Collantes, la creación de DIEZ mil nuevas aulas y la campaña de alfabetización.

Según sus propias palabras, cuando triunfó la Revolución todo cambió.

En 1959, con los pocos conocimientos que tenía y cuando otros niños podrían comenzar la enseñanza primaria superior de entonces, para Roberto comenzaba el enorme reto que significaba iniciar los estudios desde el primer grado, en la escuelita rural, que tantas veces había mirado como algo inaccesible.

Poco a poco y haciendo gala de una envidiable tenacidad y la ayuda de sus maestros, ese propio año terminó primer y segundo grados y en el 60 hizo el tercero.

Hasta entonces, no había comprendido en toda su magnitud el trascendental proceso de transformaciones que se había iniciado en Cuba, y los peligros que se cernían sobre el joven proyecto revolucionario.

A pocos días de cumplir los 14, conoció las noticias del bombardeo a los aeropuertos cubanos, escuchó atentamente a Fidel en la despedida de duelo de los caídos y aprobó desde la lejanía de su hogar, la proclamación del carácter socialista de la Revolución Cubana.

Después vendría la invasión mercenaria por la península de Zapata y las primeras noticias del enfrentamiento de nuestros combatientes, con las fuerzas del enemigo.

Fue testigo de la gigantesca movilización de los milicianos de su barrio, mientras se mantenía al tanto de las noticias que llegaban desde el escenario de los combates, en Playa Girón y Playa Larga.

Si bien se quedó con los deseos de estar junto a los que cavaban profundas zanjas para defender cada palmo del territorio, engrasaban fusiles o sencillamente vigilaban hasta donde la vista llegara en el horizonte, otras misiones le esperaban en aquel histórico año.

Su cuarto grado recién terminado, resultaba suficiente instrucción en ese momento, para ser útil a los demás. Solicitó incorporarse a la campaña de alfabetización como brigadista, pero no lo aceptaron.

Finalmente logró formar parte de los alfabetizadores populares organizados por los CDR y enseñó a leer y escribir a cuatro vecinos.

Alfabetizadores-075aCuando sus agradecidos alumnos escribieron una carta a Fidel, comunicándoles, que con la labor de su joven alfabetizador y sus propios esfuerzos, habían logrado el anhelado sueño, luego de tantos años de oscuridad, por primera vez sintió envidia de aquellas personas, porque él también tenía muchas cosas que agradecerle al Comandante en Jefe y a la Revolución.

Atrás habían quedado los tiempos de la prematura incorporación al trabajo agrícola y la vergüenza que experimentaban cuando tenían que apelar a otras personas, para que le leyera una carta o las noticias del periódico.

Jamás tendrían que firmar un documento con la yema de sus dedos.

Para ellos como para millones de cubanos, aprender a leer y escribir y tener la posibilidad de continuar estudiando, era como si hubiera llegado la luz en medio de las penumbras.

Roberto, aquel iletrado que recibió la Revolución en el 59, y que sintió el sano orgullo que significó alfabetizar a cuatro coterráneos, no se detendría en sus ansias de superación. Comprendía, que podía llegar tan lejos como se lo propusiera e inició una larga y rica trayectoria, como estudiante y dirigente de la esfera educacional en nuestro país, que sería muy extensa relatar aquí.

Fruto de su trabajo y de su esfuerzo son los reconocimientos recibidos, entre ellos, las Medallas por la Educación Cubana, de Trabajador internacionalista, Rafael María de Mendive y de la Alfabetización y las Distinciones 28 de Septiembre, de los CDR y Antero Regalado, de la ANAP.

Última actualización el Jueves, 22 de Diciembre de 2011 09:25

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