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Periódicos cubanos: Cartas que van y vienen PDF Imprimir E-Mail
Por Iris Hernández Rodríguez   

La gente ya no escribe cartas. Así lo aseguran las estadísticas, aunque el personal de las oficinas de Correos siga dedicando largas horas a la recogida, clasificación y entrega de miles de sobres. Pero, los números no se equivocan, máxime si se comparan con los de los años 80 o décadas atrás, en cualquier parte del mundo.


La tecnología carga sobre el teclado y los bits la responsabilidad de la agonía postal. El correo electrónico, aun cuando no esté al alcance de todos, insiste en enviar a las cajas de recuerdos a ese hábito milenario y personal de decir las cosas con un lápiz y papel.


A estos mensajes que corren por la autopista de la información, los más conservadores los estigmatizan como fríos y despersonalizados. Para mí, esos adjetivos no los merecen las líneas porque sí. Son quienes escriben los únicos responsables de enviar frases lacónicas, privadas de alma y sentimiento. También se las encuentra insufladas de amistad y cariño. Y estos rasgos no los determinan los medios utilizados para escribir, sino sus usuarios.


Pero el asunto nació antes del auge de internet. El declive comenzó, quizás, con las cartas de amor. Los tiempos cambiaron y el viento se llevó la hoja colorida, perfumada y pletórica de lirismo. De la misma forma en que languideció el amor platónico, las palabras se llenaron de valor, olvidaron el rubor y comenzaron a decirse de frente al ser idolatrado: breves, rápidas, descarnadas y concretas. Con ese acto murió además la declaración fundada en la soledad de la almohada.

Quién sabe si la pereza de elaborar una esquela encontraría su antídoto en alguien capaz de llevar al papel el pensamiento ajeno. Recuérdese a Dora, la protagonista de la reconocida película Estación Central de Brasil, decidida a ayudar al prójimo escribiendo sobre una hoja de papel los sentimientos de quien no podía o no sabía.


Tal vez por ese panorama poco favorable para las cartas, yo tengo en alta estima a aquellas personas decididas a escribir y enviarlas. Los periódicos, y otros medios de prensa cubanos, siguen siendo un destinatario concreto. Cada uno de esos sobres guarda dentro la satisfacción o el padecer de un ciudadano con derecho a ser escuchado, por el único motivo de haber nacido aquí.


Las secciones Cartas, del semanario tunero 26; Acuse de recibo, del diario nacional Juventud Rebelde; o la correspondencia que encuentra espacio en las páginas del oficial Granma, constituyen ejemplos inestimables del valor ganado por las misivas de los lectores a las redacciones periodísticas. Durante muchos años ha sido y hoy se enriquecen con la rapidez del correo electrónico, pero la existencia de los mensajes enviados en sobres de papel también muestran buena salud.


La correspondencia igualmente constituye un mecanismo de retroalimentación para saber si nuestros materiales periodísticos "llegan", o si la función pública que desarrollamos tiene razón de ser. La radio y la televisión dedican no poco tiempo a dar acuse de recibo y a complacer las peticiones y solicitudes de su público.


Quienes extrañan la presencia de las cartas en los buzones, tal vez solo piensen en las de contenido romántico o el acto olvidado ya de lamer la tapa de un sobre. Y obvian las que encierran otros asuntos y el tiempo que demoraban en llegar a su destino. Hoy los sobres alcanzan su destino con mayor rapidez. El telegrama sí parece haber pasado a la Historia de las comunicaciones.


Quizás la vida de las cartas no resulte tan efímera. La literatura igual le reservará su pase a la posteridad. De ahí que el género epistolar acompañe títulos devenidos clásicos de la pluma como Amistades Peligrosas. No importa si trasmitida en el lenguaje de unos y ceros, en el pico de una paloma o en un sobre con estampilla florida y enviado a distancia; la comunicación cálida, fluida e inolvidable dependerá siempre de cada uno de nosotros.

 

en la casa: El Club de los caricaturistas muertos

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