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¿Quién dice que en la guerra no se siente miedo? PDF Imprimir E-Mail
Por Luis Manuel Quesada Kindelán   
(Del relato de un combatiente de Playa Girón al perodista Luis Manuel Quesada Kindelán)

Tenía apenas 20 años y parecía que la vida se le iría en unos pocos minutos, el día que cayó en una tembladera de la Ciénaga de Zapata, donde llegó como integrante del Batallón l80 de las Milicias Nacionales Revolucionarias, de Alquízar, provincia de La Habana, para enfrentar a los invasores de Playa Girón.


Tenía apenas 20 años y parecía que la vida se le iría en unos pocos minutos, el día que cayó en una tembladera de la Ciénaga de Zapata, donde llegó como integrante del Batallón l80 de las Milicias Nacionales Revolucionarias, de Alquízar, provincia de La Habana, para enfrentar a los invasores de Playa Girón.


Los minutos pasaban como si fueran horas en aquel apartado lugar de la geografía cubana, donde su cuerpo se había hundido hasta la cintura y el lodazal pretendía hacer con él lo que no pudieron los mercenarios, aquel l8 de abril de l96l, cuando fue recibido a fuego limpio por aviones enemigos que lucían las insignias de nuestra Fuerza Aérea Revolucionaria.


Mientras tanto, el jefe de la unidad a la que pertenecía, buscaba insistentemente al soldado 3l5, devenido en improvisado segundo jefe de la compañía, quien no había regresado al punto de reunión luego de una operación de peine por los montes cercanos al poblado cienfueguero de Pálpite, en la península de Zapata., y ordenó a un grupo de compañeros salir en su búsqueda.


Los gritos de Nivaldo Barcas Villamil, atrapado en el pantano recibían como única respuesta el sonido de lejanos tiroteos, el ruido de aviones de combate que pasaban raudos, el ataque despiadado de los mosquitos y el temor de morir de aquella forma tan poco heroica, agarrado con la mano izquierda a las raíces de un mangle y con la derecha sosteniendo sobre el lodo su fusil y la mochila.


El tiempo transcurría aquella mañana en que el cerco sobre los mercenarios acantonados en Girón se tornaba cada vez más pequeño y Nivaldo repasaba en su mente, a velocidad vertiginosa, los recuerdos de su infancia, transcurrida en el pequeño poblado habanero de Alquízar, a cada uno de los integrantes de su amorosa familia y a la bella trigueña quinceañera de la que siempre estuvo enamorado.


En la soledad de aquel inhóspito sitio, del cual no podía hacer el más mínimo intento por salir, sintió para sus adentros la pena de estar allí incapacitado para combatir y cada vez más lo golpeaba la idea de que definitivamente, al final de los combates, aparecería en la lista de los desaparecidos.


En la tropa no eran pocos los que pensaban que Nivaldo podía estar muerto a esas horas, por cualquier causa en algún oscuro lugar de la ciénaga.


Pero no pasó mucho tiempo para que la esperanza de un rescate se adueñara de su pensamiento. Sabía que aún, en las más difíciles situaciones de un combate, los cubanos no abandonaban a ninguno de sus compañeros.


Recordó cuando próximo a desembarcar por Las Coloradas, un expedicionario del yate Granma cayó al mar y Fidel ordenó detener la operación de adentrarse en las costas cubanas, hasta que aquel compatriota fuera rescatado, aún al costo de ser descubiertos y aniquilados por la aviación batistiana.

A pesar de ello, no dejaba de pensar en la peor de las posibilidades. Si llegaba un grupo de mercenarios, vendería cara su vida, pero el mayor temor que lo embargaba era fallecer devorado por uno de los numerosos cocodrilos que habitan en esos lugares. Confiesa que fue la primera vez que sintió miedo de perder la vida.

En medio de esas meditaciones, llegó a sus oidos la voz de un compañero que solo gritaba: "3l5…..3l5…." ¿Dónde estás?....3l5….3l5…..¿Dónde estás?


El corazón se le quiso salir del pecho al escuchar voces amigas..


Su primera respuesta, tras largas horas de angustiosa espera, fue casi imperceptible, pero de inmediato respiró profundo y sacó fuerzas suficientes para gritar a todo pulmón: "Estoy aquí….Estoy aquíiiiiiii".


En pocos minutos llegaba otro joven como él, que hasta el momento NO conocía, quien tomó primero el fusil , después la mochila, los colocó en un lugar cercano, y luego se acercó y le dijo: "No te preocupes compañero, ahora te toca a ti".


Lo tomó de las manos y halándolo hacía si con todas sus fuerzas, logró sacarlo de aquel infierno en que se había convertido el aparentemente tranquilo pantano.

Como si fueran viejos amigos, se abrazaron fuertemente, Era poco más del mediodía de ese l9 de abril y Nivaldo se incorporó a su unidad, para continuar la incesante búsqueda de mercenarios en los montes, quienes huían despavoridos ante su inminente derrota.



Luego supo que el compañero que lo sacó del pantano era de Puerto Padre, en el oriente del país, y tras los combates y la desmovilización, no volvió a verlo hasta 20 años después, en la capital tunera, cuando la casualidad volvió a reunirlos en un evento del Instituto Cubano del Petróleo, entidad en la que trabajaban ambos en la provincia de Las Tunas.


En su azaroso andar por la ciénaga matancera para combatir a los mercenarios el joven Nivaldo debió enfrentar otras dificultades y enfrentarse a situaciones que ni siquiera imaginara.


La precipitada salida desde la Escuela de Milicias del Caribe, en Boca de Jaruco, no le dio la más mínima posibilidad de cambiar los tenis que usaba como calzado en los entrenamientos y así llegó a las inmediaciones de Girón y con ellos cayó y salió de la tembladera..


Las intensas y agotadoras marchas, deterioraron sus tenis y prácticamente andaba descalzo, pero no desmayaba en el constante peine por la zona donde operaban, en la búsqueda de mercenarios ocultos en la tupida vegetación.


Pero, lo que tampoco había imaginado fue que encontrara a uno de ellos, pero muerto en los combates y abandonado por sus compañeros.


Se acercó a él con sumo cuidado, pues a muchos lo dejaban con una mina antipersonal que estallaba al más mínimo contacto. Miró las botas casi nuevas del mercenario, volvió los ojos a los tenis que calzaba y no lo pensó dos veces.

Junto al cadáver del invasor, quedarían los improvisados zapatos de campaña. Desde ese momento sus pies estarían mejor protegidos.

 

en la casa: El Club de los caricaturistas muertos

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